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jueves, 16 de agosto de 2018

“Enfocarse en las prioridades es clave para el logro de los objetivos y puede ser y hacer la diferencia entre el éxito y el fracaso”. Miguel A. Terán



Nuestro compromiso, atención e interés son elementos vitales para alcanzar las metas y objetivos que nos trazamos en diferentes aspectos y momentos de nuestra vida; por lo contrario,  disminuirlos o dispersarlos reduce la probabilidad de lograr esas metas y objetivos. Igualmente, diluir o desenfocar nuestros esfuerzos y recursos en varias prioridades nos desconcentra,  impidiendo que alcancemos efectivamente alguna de las mismas. Tal cual refería el sabio Confucio, cuando dijo:  “Quien persigue dos conejos no atrapa ninguno”.



Por lo contrario, cuando tenemos claras, definidas y enfocadas nuestras prioridades, las decisiones y acciones a tomar fluyen con mayor facilidad, menos dolor y menos trabas. Tomar decisiones y acciones a medias no es tan positivo como parece.  Una media decisión está más cerca del fracaso que del éxito. 


En ciertas ocasiones tomamos alguna decisión y su correspondiente acción, pero a medias, porque continuamos atados a nuestro pasado,  a lo que veníamos haciendo, a lo que teníamos o al lugar donde estábamos; entonces, ocurre que ese paso que hemos dado en el presente solo nos llevará a desequilibrios en el futuro; ya que, si bien es cierto que hemos dado un paso adelante, nos negamos a retirar nuestro otro pie del pasado, para dar el siguiente paso y ello hace que quedemos en un punto muerto, un pie adelante y otro atrás que nos frena, haciendo imposible avanzar y fácil caer.

Algo similar ocurre cuando llevamos cualquier tipo de doble vida, porque esa dispersión entre dos corrientes nos hace inconstantes y erráticos en ambas vidas. El Premio Nobel de Literatura (1947) el escritor francés André Gide expresó “No se descubren nuevos continentes sino se tiene el valor de perder de vista la costa”. En otras palabras, es imposible avanzar hacia futuro o echar raíces en un nuevo lugar, si nuestra mente se quedó en el ayer y en el allá, porque nuestra realidad y futuro se construyen en el aquí y el ahora, los cuales nos llenan de suficientes retos y vicisitudes. Pasar los días rumiando los temas de aquí y de allá, del presente y del pasado, y comparando unos con otros, nos agota y hurta todas las energías para enfocarnos en lo que debemos enfocarnos, en nuestras prioridades.

“Enfocarse era decir si a aquello en lo que te enfocas, pero no es así. Significa decir no a otros cientos de ideas buenas que hay”, expresaba Steve Job. Entonces, si bien es cierto que el sol sale para todos, desenfocarnos nublará nuestros días.  Cuanto más nos enfocamos en algo, bueno o malo, más cerca estaremos de alcanzarlo, para bien o para mal.  Tengamos presente “La Profecía Autocumplida” o “Efecto Pigmalión”, que nos indica que nuestras creencias –positivas o negativas- acerca de la posibilidad de alcanzar lo que nos hemos propuesto son vitales para lograrlo o no. 

“Para cambiar tu vida, tienes que cambiar tus prioridades” dice el escritor y conferencista estadounidense  John Maxwell. Pero, si ya las tienes bien definidas, enfócate con pasión en esas prioridades y dedica todos tus recursos y esfuerzos para perseguirlas y alcanzarlas.  Ten presente que debemos asumir riesgos y retos, como parte del vivir, para lo cual requerimos estar dispuestos a salir de nuestra zona de comodidad o confort, ubicarnos en el aquí y ahora,  y asumir la realidad de enfrentar cambios y de transformarnos.

Miguel A. Terán
Psicólogo, Coach, Orador y Escritor.
Web Page: www.lidervoice.com
Twitter: @MiguelATeranO
Nota: imagen extraída de la web

domingo, 9 de agosto de 2015

Emigrar o no emigrar, he ahí el dilema. Miguel A. Terán

Emigrar o no emigrar, he ahí el dilema.
Miguel A. Terán


En un mundo cambiante, globalizado y cada vez más desequilibrado, emigrar es un verbo que se conjuga cada día con más frecuencia, desde la primera persona del singular: “yo” hasta la última persona del plural: “ellos”.  Para comenzar a tratar este tema, parece oportuno mencionar que los movimientos migratorios han sido parte de la  historia de la humanidad, motivados principalmente por causas económicas y sociales, además de políticas, religiosas y sus variantes, que han generado desequilibrios y crisis en países y sociedades, obligando, motivando o presionando a las personas a emigrar en busca de otras alternativas, perspectivas y oportunidades de vida. 
También a la misma naturaleza  no le es extraña la migración periódica de especies animales,  de un hábitat a otro por diversas razones, entre ellas, la búsqueda de mejores opciones climáticas, de alternativas y fuentes de alimentación, reproducción o para huir de sus depredadores, entre ellos del mismo hombre quien es el principal depredador. 
En los seres humanos, podríamos afirmar que buena parte de las veces, muchos de los adultos que emigran, han sido cuando menos coautores de esos desequilibrios y  crisis, a través de sus silencios ignorantes o cómplices, y otros hasta  coprotagonistas, en la generación de las  causas que hoy les presionan –a ellos mismos y a los suyos- para enfrentar la difícil decisión de emigrar, de profundo impacto personal, familiar y social. 
La emigración es una opción considerada por muchos individuos, no solo desde lugares empobrecidos económica y socialmente, porque también se emigra desde los países desarrollados hacia otros países no tan desarrollados, por razones de impuestos, de costo de vida, buscando alternativas para rendir  los escasos pagos por jubilación que, a muchos adultos mayores,  no les alcanza para conservar un “aceptable” nivel de vida es sus países,  y por muchas otras razones. 
Llegado ese momento, cuando consideramos la opción de emigrar, cabe preguntarnos,  ¿Qué es mejor para nosotros y los nuestros?, y parafraseando a William Shakespeare, podríamos decir:  “Emigrar o no emigrar, he ahí nuestro dilema”. Las opciones a considerar serian seguir viviendo y luchando en nuestra tierra o tomar rumbo para ir a luchar en otros horizontes. Es importante, tener presente que en ambos lados se lucha, tal vez de formas y maneras distintas, pero lucha al fin.   
Una decisión de este tipo nunca es fácil, porque es casi un intento de pronosticar o adivinar el futuro, y con la complejidad de considerar diferentes elementos, perspectivas y múltiples variables, para concluir en una decisión con la cual tratamos de acertar en qué lugar nos irá mejor con el paso del tiempo. En cualquiera de sus dos vertientes apostamos a tener oportunidades en un lugar o en el otro, claro está, más en uno que en otro y es hacia allí donde debería inclinarse la mayor probabilidad de decidir. 
Como todo en la vida, las decisiones tienen su lado positivo y su lado negativo, siempre ganamos algo y perdemos otro algo; la decisión final estará relacionada con nuestras prioridades, expectativas y la valoración que otorgamos a éstas, detrás de las cuales aparecen nuestras creencias, paradigmas y muchas cosas más, por lo cual cada caso es absolutamente particular. 
Para emigrar, así como en muchas otras decisiones que tomamos en nuestra vida, deben confluir básicamente dos tipos de factores. Aquellos que nos empujan o motivan a tomar la decisión, los que afectan nuestra vida actual, y que tal vez, no le vemos respuesta o salida a corto plazo, consideramos que están emporando  o no sentimos la solución en nuestras manos y –por tanto- necesitamos o deseamos cambiarlos. Por otro lado, están los factores que nos halan, que pueden ser una persona, lugar, cosa o condición, que ofrecen -de alguna- manera solución a nuestra necesidad o deseo. Cuando ambos factores se conjugan, parece surgir la perfecta combinación.
En el caso de emigrar, la versión casi perfecta sería: “Quiero salir de aquí y tengo una oportunidad allá”. Cuando es solo uno de los factores, la decisión se complica, porque podría significar la probabilidad de arriesgar y perder: “Quiero salir de aquí, pero no veo oportunidades allá” o “Veo oportunidades allá, pero no quiero salir de aquí”.  
Al momento de evaluar y considerar lo que nos empuja a salir y lo que nos hala desde otro lugar, siempre existe el riesgo de equivocarnos al subvaluar y sobrevaluar, tanto lo que nos empuja a salir como lo que nos hala, desde otro lugar. Allí nos arriesgamos a comprender que “Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, “No todo lo que brilla es oro” o “Las oportunidades no llegan todos los días”, viejos refranes que muchos considerarán en su momento o comprenderán al considerar tomar alguna decisión.  
Al emigrar dejamos de pisar terreno conocido para adentrarnos en otros caminos. Muchas de nuestras experiencias, conocimientos y hábitos no son aplicables en esas nuevas tierras; por tanto, debemos abrir nuestra mente a nuevas experiencias y aprendizajes y, quizá lo más difícil, a desaprender aquello -que ahora- representa una carga inútil. En este proceso de aprendizaje será necesario tener siempre presente nuestras raíces y conservar nuestros valores, para no perder el verdadero rumbo. El empresario, escritor y orador motivacional estadounidense Jim Rohn, afirmaba que “El mayor valor en la vida no es lo que se obtiene, el mayor valor en la vida es en lo que te conviertes durante el proceso de conseguir lo que obtuviste”.
Sin embargo, vale la pena tener presente que este proceso como la mayoría de decisiones de vida, debemos tomarlo –en lo posible- dejando las emociones a un lado o cuando menos evitando que éstas dirijan nuestra decisión, ya que –si bien debemos escucharlas- no siempre son buenas consejeras. Aunque tampoco es sano ni recomendable tomar decisiones definitivas basadas en un tema o caso puntual. Analizar y evaluar concienzudamente los diferentes factores desde variados ángulos será parte importante para una racional decisión. 
Aunque en las decisiones la escogencia a tiempo del momento para ejecutarlas, también juega un importante rol en el éxito, al evitar la “parálisis por análisis”. En el idioma inglés existe una expresión “Timing is everything”  (Que realmente significa: el momento o el “a tiempo” lo es todo), en otras palabras es importante tener buen criterio y sentido al escoger el tiempo y momento apropiado para decidir. 
Como podemos ir notando, el tema de emigrar es complejo, tanto así que en una misma familia, de potenciales emigrantes, cada uno tiene sus particulares razones para emigrar o quedarse. Cada quien considera y siente riesgos, ganancias, perdidas, logros y sacrificios, desde su propia perspectiva, prioridades y expectativas.  Algunas veces esa falta de alineación familiar, puede ser causa para que la decisión se convierta en una riesgosa aventura para la estabilidad familiar, cuando no todos reman hacia un mismo lugar y, condenamos al fracaso la experiencia de emigrar, con posibles daños a la estructura y relación familiar.  
Parte de los puntos de vista tratados en conversaciones, discusiones, foros o artículos sobre emigración, obedecen a que cada quien tiene sus particulares circunstancias para escoger y tomar alguna de las dos posibles alternativas de decisión. Y cada quien considera,  que su posición o punto de vista representa la opción racional y correcta.   
Inclusive, hay quienes se han atrevido a intentar conseguir un punto medio, poniendo un pie en cada costa, en un acto de difícil equilibrio e imposible de sostener en el tiempo y, que también puede producir daños irreparables a parejas y familias, además de incrementar la probabilidad de fracaso del proceso de emigrar. Para quienes consideran ese punto medio como una opción, el escritor francés y Premio Nobel de Literatura André Gide, afirmaba –algunos años atrás- que "Nadie descubre nuevas tierras sino está dispuesto a perder de vista la costa por mucho tiempo".  
Una vez decididos por alguna de las opciones y estando de acuerdo los involucrados, es necesario ir adelante con todos los ánimos, fe, compromiso y optimismo. No obstante, siempre será  válido tener opciones de salida, en caso que los resultados no sean los esperados  luego de transcurrido un límite de tiempo razonable, que cada quien lo manejará a su medida y de acuerdo con sus expectativas. Pero esas opciones de salida, debe ser un último recurso, nunca disponible ni visible en lo superficial, para evitar la comodidad de tomarla ante el primer problema, frustración o fracaso. Lo que sí es importante  es hacer de la decisión de salir o permanecer algo firme, porque de lo contrario, estaríamos apostando de alguna manera al fracaso y corremos el riesgo que la profecía de fracasar se cumpla.   
Es usual encontrar personas -literalmente- llorando en sus países por no haber emigrado, aunque  tengan o hayan tenido posibilidad de hacerlo; otros por el contrario, pueden llorar, pero no tenían ninguna posibilidad realista. Desde otro ángulo, también encontramos personas  que emigraron y viven añorando estar en su tierra, a pesar del paso del tiempo. Cualquiera de estas dos opciones, será razonable y sana –por aquello del duelo- solo por corto tiempo.  
Alguien acertadamente decía: “No es más valiente quien se va que quien se queda”, cada lugar tiene sus vicisitudes. Simplemente son –respetables- decisiones de cada quien y cada cual, que dependen de innumerables factores, circunstancias, perspectivas, posibilidades, y mucho más, tal cual hemos venido mencionando. Cada individuo tiene su particular condición y situación. 
No es lo mismo pensar emigrar con 30 años de edad que hacerlo con 70 años; sin pretender apoyar o ir en contra de la edad, simplemente la referencia es a la diferencia. Tampoco es lo mismo emigrar solo que con familia, ni si se tiene un buen nivel socio-económico en el lugar de origen, o si apenas tenemos para vivir o sobrevivir, con escasas opciones de futuro. 
No es lo mismo emigrar expatriado –así se expresa en el argot o terminología organizacional- cuando alguien es enviado a otro país por una empresa con trabajo, sueldo, vivienda, seguro y otros muy buenos beneficios; que emigrar por nuestra cuenta y riesgo. Tampoco es lo mismo emigrar ilegal que legalmente, con documentos y permiso de trabajo. Ni se diga nada acerca de la diferencia de emigrar con y sin recursos económicos, porque parece obvio el panorama.  
Son muchos quienes emigran tratando de ofrecer a sus hijos, en otras tierras, algo que consideran no poder ofrecerles en su tierra de origen. Es un hecho, que muchos emigrantes salen de sus países sintiendo que no tienen nada que perder, porque tampoco tenían nada en ellos. Otros por el contrario, consideran que pierden demasiado, en lo económico, social, profesional,  familiar, y hasta en cosas tan banales como status. En otras palabras, cada quien tiene sus particulares razones, para nada comparables con las de otro. 
Cada caso, por fácil o difícil que parezca, tiene sus particulares características y circunstancias. Pero el resultado de vivir, reflexionar y aprender acerca de la experiencia de emigrar conlleva innumerables beneficios para el desarrollo, cambio y transformación personal. 
Lo que si vale la pena es tratar de cambiar para valorar otras cosas, duro reto para quienes permanecen y para quienes se marchan. Quizá al permanecer reconozcamos aún más el valor de la familia y de los amigos, de nuestra tierra. Para quienes emigran es importante aprender a valorar intangibles, tales como momentos y lugares, comprender mejor las necesidades y diferenciarlas de los deseos, evitando complicar su vida económica y financiera en el nuevo lugar. Requerimos comprender la diferencia entre nivel y calidad de vida, conceptos complementarios en algunos casos, pero diferentes, porque la búsqueda de cierto nivel de vida  hurta importantes espacios y tiempo a nuestra  calidad de vida. 
Es también importante cuestionar nuestras creencias y paradigmas en el momento en que consideramos la opción de emigrar, para poder ver esta opción desde nuevas perspectivas, proyectándola –lo más objetivamente posible- en el corto, mediano y largo plazo, porque es un hecho que viviremos con sus resultados más adelante. Refería Peter F. Drucker, conocido como el Padre de la Gerencia, que “La planificación a largo plazo no es pensar en decisiones futuras, sino en el futuro de las decisiones presentes”. Vale la pena releer esta frase de Drucker para ratificar la importancia de nuestras presentes decisiones. Requerimos alcanzar cambios en nuestro interior, para sentir y actuar de manera diferente; porque de lo contrario, se nos dificultará estabilizarnos en el lugar de origen y en cualquier lugar donde decidamos emigrar. 
Tengamos presente que nuestra felicidad en el lugar donde decidamos asentarnos o ubicarnos para hacer nuestra nueva vida, va a depender de nuestras expectativas iniciales. Existe una brecha entre nuestras posibilidades y expectativas que debemos considerar, para no frustrarnos en el intento. “Ni salimos de un jardín de rosas, porque entonces no habría razón para salir; ni llegamos a un jardín de rosas, y esto lo comprenderemos en poco tiempo”, pero todo dependerá de nuestras expectativas y prioridades de vida. Es necesario hacer una revisión profunda para considerar nuevas y mejores formas de hacer las cosas, en nuestra tierra o en otras tierras, siempre poniendo nuestro mayor y mejor compromiso y esfuerzo, reflexionando, aprendiendo y cambiando como parte de la experiencia de vivir. 
Y para concluir, no es lo mismo hablar, discutir o escribir acerca de emigrar que haber vivido la experiencia como inmigrante. Al respecto afirmaba el sacerdote jesuita y psicoterapeuta Anthony de Mello, que  “Jamás se ha emborrachado nadie a base de comprender intelectualmente la palabra VINO”. Para hablar con propiedad de emigrar, es vital haber emigrado, porque de lo contrario no estaríamos hablando de emigrar, cuando solo conocemos un lado de la película. Haber viajado como turista, por más veces que lo hubiéramos hecho, es otra cosa, para nada comparable. Emigrar conlleva procesos emocionales que no se transmiten ni hablando ni leyendo, porque solo se viven emigrando.
En resumidas cuentas parece que todos tenemos razón, cualquiera que sea la decisión, de manera tal que “Emigrar o no emigrar” es un dilema muy personal, privado e intransferible que debemos respetar.

Agosto 10, 2015.
Miguel A. Terán
Psicología, filosofía y coaching.

Twitter: @MiguelATeranO
Nota: imagen extraída de la web
Referencias: Tomadas de Wikipedia + RAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).


jueves, 23 de octubre de 2014

La Decisión de Emigrar - La Fuga de Talento o La Pérdida de Talento‏

La tan mencionada fuga de talento,  o de cerebros como también se reconoce,  es un caso muy común en todos los países latino-americanos y, en general, en los llamados países en desarrollo, muchos de los cuales nunca salen de esa triste categoría. Casi que turnándose de tiempo en tiempo, estos países tienen pérdidas importantes de recursos humanos calificados, básicamente por razones políticas, económicas y sociales. También ocurre en países del primer mundo, pero con otra connotación. 

Sin duda que ello, representa una preocupación para cualquier economía y sociedad que observe impotente la salida –sin retorno- de sus profesionales, lo cual representa un proceso de descapitalización en su más valioso recurso. Además, recuperar esta pérdida no puede resolverse, de ninguna manera, de la noche a la mañana.

Pero es importante clarificar que no es lo mismo salir que huir. En algunos momentos del pasado remoto o cercano, muchas personas académicamente calificadas salieron de sus países de origen en busca de oportunidades económicas, profesionales o académicas. Muchos, inclusive, lo hicieron para estudiar –temporalmente- y en el camino encontraban oportunidades para quedarse de manera permanente. No era común que alguien bien calificado se quedará como sub-empleado, en algún otro lugar, porque en su respectivo país de origen sus calificaciones académicas y profesionales le permitían desarrollarse y vivir cómodamente.

En la medida que la economía y la sociedad –de algún país en particular- comienzan a resquebrajarse, desapareciendo oportunidades de trabajo y desarrollo, incrementándose la inseguridad y sufriendo el impacto de la inflación, podemos considerar que la gente –de ese lugar- no se va, sino que simplemente huye.

Por supuesto, que siempre hubo y hay diferencia al momento de salir del país de origen, de acuerdo a la manera o forma en que se sale o se “huye”; porque no es lo mismo salir de la mano de una empresa multinacional, como empleado expatriado, que salir por cuenta propia, como empresario o en busca de empleo o cualquier actividad remunerada, o simplemente huir en busca de “algo mejor”. Apenas un muy pequeño número de profesionales sale de su país de origen, confortable y cómodo, con una oferta formal de trabajo.  

Esa fuga de gente profesional o de talento, en la cual algún país había invertido cuantiosos recursos económicos durante años, la vemos partir hacia otras latitudes, llevando consigo todos esos conocimiento y experiencia, sin que se pueda hacer mucho al respecto cuando ya es un hecho.

Sin embargo,  lo más triste y paradójico es que significativa parte de esa experiencia y conocimiento, por diversas y variadas razones, no tiene cabida en los países donde emigran dentro de su campo profesional. Por ello, muchos quedan obligados a tomar otros rumbos laborales para poder sobrevivir, algunos pasan a ocupar puestos de menor jerarquía profesional o técnica, se incorporan al área de ventas e incluso muchos podríamos considerarlos como sub-empleados, por estar realizando trabajos muy por debajo de sus calificaciones.

Muchos otros se reinventan y profesionalizan en otras áreas, pero el hecho cierto es que el conocimiento base inicial u original, que para algunos es su capital más valioso se pierde ante la necesidad urgente de producir ingresos para vivir y, en muchos casos, para sobrevivir.

Ello debe obligarnos a  repensar y a utilizar de manera diferente el concepto de fuga de cerebros, en el equivocado sentido que otros países –especialmente los llamados países desarrollados - están ávidos de profesionales y que aquellos quienes emigran son recibidos con especial atención. Nada más falso para miles de profesionales que emigran sin poder conseguir una oportunidad real y genuina en el exterior, que les permita continuar su profesión y no ver caducar por obsolescencia sus conocimientos. Son infinitos los casos e historias con similar problema que todos conocemos o que –inclusive- nosotros mismos hemos protagonizado.

La conclusión es que ese capital humano que emigra  representa una importante pérdida para su país de origen y, en muchos casos,  ningún valor reconocido en el país de destino. En otras palabras, no podemos negar que existe fuga de conocimiento y talento, pero debemos reconocer honestamente que la palabra: pérdida de conocimiento, refleja mejor la realidad de lo que ocurre, porque el talento se reinventa.  

Plantearse a tiempo y honestamente la idea o necesidad de emigrar, como un hecho real o cuando menos potencial, permitirá a quien así lo haga, planificar de la mejor manera los aspectos económicos, educativos o académicos, culturales, legales, de lenguaje, familiares, etcétera, involucrados, necesarios y obligatorios en un proceso migratorio amigable. Es mucho lo que se puede avanzar mientras se permanezca en el país de origen, en beneficio de un futuro proyecto migratorio, mientras no neguemos que la posibilidad de emigrar puede hacerse realidad, en cualquier momento y debemos prepararnos para ello.

Miguel A. Terán

Twitter: @MiguelATeranO

Nota: Foto ilustrativa extraída de la Web.


Nota del autor del Blog: Invito a todos mis amigos, seguidores y apreciados lectores a compartir, con familiares, relacionados y contactos, esta reflexión y los demás artículos publicados en este blog: miguelterancoach.blogspot.com. Tengamos presente que, en oportunidades, unas sencillas palabras o líneas pueden hacer y ser la diferencia en nuestra vida o en la vida de los demás.

viernes, 12 de septiembre de 2014

LA DECISIÓN DE EMIGAR – ¿Cuáles son las causas y razones que nos motivan a considerar emigrar? Parte I‏

La Decisión de Emigrar por: Miguel A. Terán

 
¿Qué nos desagrada, incomoda, disgusta o molesta del lugar donde vivimos?; ¿Qué posibilidades u oportunidades han desaparecido de ese lugar?; ¿Qué nos agrada o atrae de otro lugar?; ¿Cuál es la diferencia entre ese nuevo lugar y el lugar actual?; ¿Qué estamos buscando o cuáles son nuestras expectativas al emigrar?; ¿Qué posibilidades u oportunidades existen en ese nuevo lugar?; ¿Cuán dispuesto estoy a cambiar mi actitud y conductas para adaptarme a ese nuevo lugar?

Preguntas muchas, respuestas muchas y variadas. Pero más allá de que esas respuestas y preguntas tengan algo o mucho de emotividad y las perspectivas tengan algo o mucho de incertidumbre, angustia o miedo, la realidad es que ha surgido una inquietud o molestia que nos motiva a considerar otras alternativas de residencia o hábitat, distintas a la actual.

Uno de los elementos más importantes a tomar en consideración cuando deseamos evaluar la alternativa de emigrar, considerándola una opción para el futuro de nuestra vida y el de nuestra familia, es buscar y encontrar las causas y razones, que nos motivan a hacerlo. La mayoría de las personas consideran que causas y razones son lo mismo, pero lo que definen o describen como causas o razones, son en realidad los síntomas, efectos y consecuencias, que nos presionan para tomar la decisión.

Cuando tratamos de encontrar las causas, por lo general, encontramos o nos topamos  con los síntomas que nos afectan, presionando o motivando nuestra decisión, pero la respuesta que requerimos darnos o respondernos tiene que ver con las causas, no con los síntomas, consecuencias o efectos.

En las razones para emigrar, generalmente, se conjugan tantos los factores que nos empujan o presionan para salir de donde estamos, así como los factores que nos atraen en el lugar donde consideramos establecer nuestra nueva residencia. En ese lugar hacia donde se decide emigrar, parecen existir las condiciones que faltan o carecen en nuestro actual hábitat. La gente emigra, por lo general, con la expectativa de conseguir mejores condiciones de vida, paz, seguridad, oportunidades de trabajo, mejora económica, opciones de atención sanitaria o salud,  democracia entre otras.

Es común que en los miembros un mismo grupo familiar, encontraremos diferentes razones para decidir emigrar. Sin embargo, más allá de las razones, requerimos también entender cuáles han sido las causas que hicieron posible que la situación o condiciones del lugar donde vivimos cambiaran, a tal extremo, que nos veamos - literalmente – obligados a considerar la alternativa de emigrar como única opción.

Es muy importante entender esas causas por las cuales en nuestro actual lugar de residencia, echaron raíces, condiciones y situaciones, que luego de evolucionar -para algunos la palabra correcta seria involucionar- se convirtieron en las razones que ahora presionan o motivan nuestra salida. El filósofo español Fernando Savater, en uno de sus excelentes textos,  plantea que solo nuestra ignorancia de cómo estaban las cosas en el momento A justifica que nos sorprenda lo que pasa luego en el momento B.

Debemos ser cuidadosos para no confundir la causa con el efecto o consecuencia, porque al confundirlas podríamos de nuevo a cometer similares errores en el presente y futuro; dedicándonos a atacar y resolver solo los efectos, consecuencias o síntomas, mientras que las causas siguen vigentes y empeorando.

Con seguridad al momento de establecernos como inmigrantes en otro lugar, sentiremos que los malestares que ocasionaban los efectos o consecuencias se quedaron en nuestro lugar de origen, pero debemos ser muy cuidadosos para no colocar en nuestro equipaje las causas y traerlas a nuestro nuevo lugar de residencia, porque la historia de consecuencias y efectos podría repetirse, con similares resultados.

La razón es que quien emigra puede aún estar contaminado, con un estilo de percibir y hacer las cosas,  y llegar al nuevo lugar o hábitat con capacidad de transmitir o generar de las causas. Por ello, es importante entender y precisar esas causas desde su raíz más profunda, ya que al no hacerlo, es muy probable que volvamos –en nuestro nuevo hábitat – a contribuir con similares errores, que en mediano y largo plazo, desarrollarán situaciones también similares, que nos harán de nuevo sentir los síntomas y garantizar que nuestros hijos y nietos se vean en la obligación de emigrar a otro lugar, al igual que lo hicimos nosotros.


Twitter: @MiguelATeranO

viernes, 22 de agosto de 2014

LA DECISIÓN DE EMIGRAR – Conocer un lugar o inmigrar a un lugar‏

Muchas veces, apresurada y equivocadamente, consideramos que conocemos un lugar, bien sea porque hemos "vacacionado" allí, trabajado esporádicamente en ese lugar, estudiado o viajado con regularidad y cualquier otra condición, distinta a haber residido de manera regular y permanentemente.

Conocer un lugar no se hace realidad, hasta tanto, no lleguemos a vivir allí en condición de inmigrante definitivo o residente permanente, durante un tiempo razonable para conocer su cultura y adquirir la necesaria experiencia de vida como inmigrante.

Esa experiencia de inmigrar solo puede conseguirse: inmigrando. Esta afirmación no significa que no valga la pena escuchar o leer acerca de experiencias ajenas e historia de inmigrantes; siempre algo de buena teoría es importante, solo que cada una tiene sus particulares circunstancias no siempre aplicables a otros casos, situaciones o personas. Aunque siempre hay generalidades de aplicación casi universal.

Muchas cosas que se han visto y percibido inicialmente de una determinada manera, cambian drástica y dramáticamente cuando estamos en otra etapa, condición o situación de vida. Un torrencial aguacero puede verse como una bonita experiencia, desde la perspectiva de un turista, pero será algo muy diferente, cuando ese aguacero arruino la tarde de un sábado para nuestro negocio y éste era el día que podía rescatar los resultados de la semana.  

Muchos lugares que fueron nuestros favoritos, como turistas o visitantes temporales, pasan a ser exquisiteces cuando somos inmigrantes. Comenzando por lugares de diversión, centros comerciales, etcétera.

sábado, 5 de julio de 2014

LA DECISIÓN DE EMIGRAR – CONSIDERACIONES INICIALES

Por: Miguel A. Terán (*)

Las personas emigran de sus países o lugares de origen o residencia por diversas y variadas razones, entre ellas políticas, económicas, sociales, familiares, afectivas, de seguridad, académicas, profesionales y otras más, y tal vez una mezcla de varias de éstas.

El inicio de un proceso es muy importante para su éxito, alguien sabiamente refirió que los finales están ocultos en los principios. En otras palabras, que podemos iniciar con las probabilidades en contra o a favor, dependiendo de la combinación entre preparación y oportunidad.  Recordemos que lo que mal empieza, mal o peor termina, según dice el refrán. Por ello, la importancia de hacer las cosas bien desde un principio.

Generalmente, para tomar cualquier decisión de cambio en nuestras vidas, emigrar no es una excepción,  requerimos que ocurran y se conjuguen dos condiciones, la primera de éstas, que exista algún factor o factores que nos empujan (Push) o motivan a tomar la decisión -para salir del lugar o situación donde estamos- y, la segunda,  que exista algún o algunos factores que nos halan (Pull) motivan o atraen -desde otro particular lugar o situación- para salir de donde estamos actualmente.

Con la excepción de situaciones extremas, casos de persecuciones de tipo político, guerras o cataclismos naturales o sociales, ambos factores (Push / Pull) deben confluir o coincidir en un mismo propósito,  para que se haga efectiva la decisión de emigrar y se convierta en realidad nuestro cambio de lugar de residencia. En otras palabras, la necesidad y/o el deseo de salir del lugar de origen se conjugan con las expectativas del otro lugar, para considerar como válidas opciones de vida en otras tierras u horizontes,  que parecen ofrecer alternativas para la satisfacción de esos deseos y necesidades.

Salvo en esos casos extremos, que representan más un huir del lugar de origen o residencia para salvar la vida, ocurre que en situaciones más “normales” de emigración, el elemento imprescindible para sostener la decisión es definir lo positivo y negativo de nuestro actual lugar de residencia, considerando las razones que presionan el cambio, así como las expectativas positivas o negativas que consideramos nos ofrece el probable lugar de la nueva residencia.

La situación de emigrar no parece tener igual significado para un individuo, quien no tiene mucho que perder en su lugar de origen o residencia, y que huye escapando de condiciones políticas, económicas y sociales extremadamente críticas, que podrían incluir guerras; versus aquel otro individuo quien sufre de alguna manera condiciones que le perturban, presionan o han cambiado su status quo, pero –tal vez- aún no son tan críticas comparadas con lo que pierde al momento de emigrar; llámese ello, recursos económicos, activos, negocios, status, prestigio, relaciones o confort.

En esos casos, que no son de vida o muerte, la probabilidad de éxito del proceso de emigración debe resultar de una cuidadosa planificación que considere los diferentes pros y contras. El tiempo es un factor a favor o en contra de una armónica y equilibrada decisión de emigrar, dependiendo de lo proactivos que seamos decidiendo y actuando.  

Postergar, para más adelante, conversaciones y discusiones familiares al respeto, exagerar en los límites razonables de tiempo, para evaluar y decidir si la condición que nos empuja a emigrar continua vigente y agravándose, no ejecutar de manera metódica ni organizada la disposición de nuestros activos, así como  la transferencia de recursos a utilizar en el lugar donde emigraremos y otras muchos aspectos, que requieren tiempo, significa acumular decisiones y acciones para último momento, garantizando procesos estresantes e intempestivos de ruptura, con alto costo en lo financiero, familiar, afectivo, emocional y psicológico.

Especialistas en las ciencias de la conducta humana y social, concluyen que el cambio humano prospera o se hace realidad, si y solo si, el dolor de cambiar es menor que el dolor de permanecer sin cambiar. En algunas situaciones, este dolor de cambiar puede ser más una expectativa que una realidad, ya que en el caso de la emigración, debemos primero ejecutarla y luego evaluar los resultados. 

En muchas oportunidades podemos considerar la decisión de emigrar, como una opción o como una necesidad, pero en cualquiera de los casos se requiere tomar el tiempo para digerirla, planificarla y ejecutarla, porque de ello dependerá parte importante del éxito en nuestro nuevo lugar de residencia.

Julio 05, 2014.

(*) Nota del escritor: He sido emigrante por varios años, experiencia que ha traído y dejado conmigo satisfacciones, logros y fracasos, pero de cuya reflexión, unida al compartir alegrías, logros, fracasos, sufrimientos y vivencias con otros emigrantes, además de leer algo o mucho al respecto tratando teorizar la experiencia, he concluido adquiriendo aprendizajes y oportunidades de enseñanzas transmisibles a otros.

Tratando de hacer realidad esa transmisión de conocimientos, parte de mi actual actividad profesional está dedicada a apoyar a quienes comienzan a considerar ideas de emigrar, a quienes ya están  dando pasos para convertirlas en realidad  e inclusive a quienes, ya como inmigrantes, necesitan reconsiderar algunos aspectos y  corregir rumbos,  “ajustando velas”, para lograr el éxito deseado.