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Quisiera comenzar este artículo con una frase
del escritor estadounidense Thaddeus Golas, que refleja exactamente el título
del escrito “Lo que sucede no es tan importante como la forma en que
usted reacciona a lo que sucede”.
La realidad es que nuestra forma de pensar e interpretar las circunstancias es lo que nos permitirá dominarlas o ser su víctima, cualquiera de estos extremos. Expresaba el filósofo británico James Allen que seguiremos siendo golpeados por las circunstancias externas mientras continuemos creyendo que somos víctimas de esas circunstancias.
“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es
opcional”, afirmaba
Buda. Una situación o circunstancia similar puede ser vivida, interpretada y
sentida de manera muy distinta por dos individuos. El mismo J. Allen reconocía
que “El sufrimiento es siempre el resultado del pensamiento equivocado
en alguna dirección. Es un indicativo de que el individuo no está en armonía
consigo mismo”.
Cuando dejamos de quejarnos y rumiar la
circunstancia, pasando a evaluarla y racionalizarla, a fin de disminuir el
componente emocional, podremos encontrar soluciones viables; pero todo,
dependerá de nuestras creencias y paradigmas, porque éstos estarán presentes en
esa evaluación y racionalización, adulterando, sesgando o
polarizando.
Algunas circunstancias y eventos podrían ser
válidos, pero al evaluarlos a la luz de esas creencias y paradigmas, corremos
el riesgo de desvirtuar los hechos que le dan soporte, cambiándolos y
permitiendo que éstos nos afecten. El escritor francés y Premio Nobel de
Literatura (1921) Anatole France, recomendaba que exagerásemos nuestras
alegrías, como hacemos con nuestras penas, para que nuestros problemas pierdan
importancia.
El conocido autor y conferencista Anthony Robbins ha ratificado que “Lo que configura quiénes somos hoy y quiénes seremos en el futuro nunca es el ambiente, ni los acontecimientos que ocurran en nuestras vidas, sino el significado que damos a esos acontecimientos”. Por supuesto, que el significado que les damos depende de muchas variables, buena parte de las cuales están en el ambiente y la cultura en la cual hemos sido formados.
Una de las principales enfermedades de estos
“modernos tiempos” es el estrés, esa tensión provocada por situaciones que nos
agobian o - mejor dicho- que permitimos que nos agobien, constituyendo un buen
ejemplo de nuestra reacción ante lo que nos sucede. Incluso, en algunos casos,
vivimos estrés por cosas que suponemos podrían ocurrirnos. El autor y
motivador Adam J. Jackson plantea una interesante “Fórmula antiestrés:
primero no preocuparse por las cosas pequeñas y segundo recordar que casi todas
las cosas en esta vida son pequeñas”.
Es válido tener en consideración, las palabras
de quien fue una importante figura de negocios estadounidense, Theodore N.
Vail, quien expresó que “Las dificultades reales se pueden superar,
solo las imaginarias son invencibles”. Y es realidad, que
permitimos que muchas dificultades imaginarias nos atormenten. Recordemos lo
expresado por el filósofo y matemático francés René Descartes, quien poco antes
de morir confesó: “Mi vida estuvo llena de desgracias, muchas de las
cuales jamás sucedieron”.
Ratificamos que no son las circunstancias las
que determinan nuestra vida, sino nuestras creencias y paradigmas acerca del
significado de esas circunstancias. Es nuestra interpretación de lo que ocurre,
basada en esas creencias y paradigmas, lo que nos lleva a percibir, pensar,
sentir y accionar ante lo que nos sucede, para bien o para mal. Una “mala cara”
de alguien es sencillamente su cara o su careta, no necesariamente un gesto
hacia nosotros. Muchos individuos caminan por la vida con su carga de “basura”
a cuestas, esperando a que alguien se la reciba, para lanzarla encima.
Tengamos presente que la racionalidad es el
enemigo número uno, de quien pretende convencernos de algo, bajo los
“argumentos” emocionales de las circunstancias o el momento. Es vital tener
presente que el tiempo para reaccionar y decidir nos pertenece, de manera que
debemos utilizarlo para racionalizar nuestra reacción y decisión. La película
que guía nuestras decisiones y acciones la creamos en nuestra mente, tejiéndola
con nuestras creencias y paradigmas; por ello, se convierte en válida esa frase
de “Ahogarnos en un vaso de agua”.
EL VENDEDOR DE CALZADOS
Este viejo cuento que aparece en libros de
texto, cursos de ventas e internet -sin autor conocido- refleja cómo nuestra
perspectiva del entorno o de lo que nos ocurre puede guiarnos de manera
positiva o negativa.
Es la historia de una empresa de calzado que
contrató y envió a un empleado a explorar el potencial mercado de negocios en
un lejano país. Cuando el nuevo vendedor llegó a la primera ciudad que
visitará, pudo observar que la mayoría de la gente andaba descalza, lo cual lo
decepcionó y frustró, por lo que decidió renunciar de inmediato, enviando su
renuncia en estos términos “… imposible vender zapatos, aquí nadie los utiliza,
todos andan descalzos”.
La empresa contrató a otro vendedor, quien, al
llegar al lugar, también pudo observar que la gente en su mayoría no utilizaba
zapatos, lo cual representó para él – a diferencia del anterior vendedor - una
gran oportunidad, expresando en una correspondencia enviada a su compañía: “…
prepárense para producir, porque aquí existe un gran mercado, casi nadie tiene
zapatos”.
Donde parecía existir un problema, este segundo
vendedor encontró una oportunidad, al interpretar de manera distinta al
anterior las características del mercado, ya que el lugar era el mismo, la
gente era la misma y el producto a vender, también el mismo. Solo la diferencia
estuvo en su actitud con respecto a la oportunidad.






