lunes, 27 de abril de 2026

¿Hasta dónde debemos acompañar o ser fieles a las “verdades” que hemos aceptado? Miguel A. Terán

 

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper - Miami, FL. USA - Abril- Mayo 2026

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Hemos sido “educados” o quizá “adoctrinados” con un repertorio de respuestas envasadas que nos brindan cierto nivel de tranquilidad y confort, ante la incertidumbre, dudas y miedos. Además, parece que plantearse nuevas preguntas o dudas es atentar contra lo que hemos aceptado como normal e incluso contra el statu quo; sin reconocer, que al hacer preguntas pasamos de ser simples espectadores a ser actores, convirtiéndonos en una voz y dejando de ser parte de un eco. En todo caso, es un auténtico reto evolutivo llegar a ser un individuo y no simplemente una pieza de un rebaño. 


Es un hecho que cada punto de vista se sostiene en la “verdad” de quien lo expresa; aunque en algunos casos, esa “verdad” se sostiene en la “verdad” de quien logra convencer a otro. Las verdades cambian en el tiempo, tal vez por ello, el escritor y pensador político francés Barón de Montesquieu ratificaba que “La verdad en un tiempo es error en otro”. Particularmente, puedo afirmar que muchas de mis “verdades” de ayer, no son mis “verdades” de hoy, porque los conocimientos, experiencia y aprendizajes adquiridos con los años, han logrado que a través de la reflexión cuestione creencias y paradigmas, que no solo me han cambiado sino transformado en un individuo con una perspectiva más amplia acerca del mundo, de las sociedades y la gente. 

Reconozco que no es fácil romper, ni creencias ni paradigmas, porque están muy arraigados, algunos de ellos desde nuestra temprana infancia. Muchas de las “verdades” que nos acompañan parecen heredadas y casi las llevamos en nuestro ADN. Algunas de éstas provienen de historias, cuentos o mensajes que recibimos, pero que nunca verificamos. Muchas de éstas pertenecieron a miedos, errores, fracasos y figuras enemigas de nuestros antepasados. Que, tal vez, ellos mismos heredaron y transmitieron sin cuestionar, y con el paso del tiempo se han solidificado, haciéndose incuestionables y a prueba de dudas.  

Las creencias que dan soporte a esas “verdades” las utilizamos como filtros para tamizar o depurar la información o datos que recibimos; por lo cual, muchas veces durante ese proceso de filtrado alteramos, manipulamos o sesgamos esa información y datos, construyendo algo alineado con nuestras creencias y paradigmas. Tengamos presente que “Una creencia no es simplemente una idea que la mente posee, es una idea que posee a la mente” como afirma Robert Bolt, el escritor y guionista británico ganador de dos premios Óscar.


Percibimos selectivamente lo que deseamos o lo que está en línea con nuestra manera de pensar, lo cual hoy día es más fácil, ya que los algoritmos de internet y redes sociales organizan y priorizan la información, determinando el contenido que vemos y la frecuencia, porque el diabólico algoritmo detecta patrones previos de búsquedas y nos llena con información sesgada solo hacia ese patrón.

Muchas creencias y paradigmas las cambiaríamos solo con ir un poco antes en el tiempo, unas décadas atrás en nuestra mirada o en la lectura, para comprender las raíces y causas de lo que criticamos o apoyamos. Las cosas no surgen por generación espontánea, sino que provienen de algo. Sin embargo, vemos hechos, situaciones o circunstancias, pero no damos atención a los procesos que las han causado.

Entonces, es necesario informarnos y adquirir conocimiento de equilibrada y variada fuente, para analizar y reflexionar sobre lo escuchado, leído o visto, con mente abierta y dispuesta al cambio para poder cuestionar creencias y paradigmas, evitando sesgos que desvirtúen nuestra percepción y nos hagan víctimas de engaños y “tontos útiles” en batallas que no nos pertenecen.

Especialistas reconocen que -generalmente- no escuchamos para comprender, sino para contestar; por ello, es común que planifiquemos o preparemos nuestra respuesta, mientras la otra persona está tratando de exponer su opinión o punto de vista, sobre algún tema en particular.

En otros casos, simplemente, no prestamos atención a lo que nos dicen. En ambas situaciones se generan vacíos de información, que muy probablemente se conviertan en dudas, que distorsionan el proceso de comunicación. Adicionalmente, esos espacios corren el riesgo de ser llenados con interpretaciones, suposiciones, juicios o –simplemente- incorporándose en ellos palabras que no eran parte del mensaje original.

El periodista, escritor e historiador polaco, Ryszard Kapuscinski, afirmaba que “Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático”. La duda es una solución para cuestionarnos esas “verdades”. El sabio Aristóteles lo afirma diciendo que “La duda es el principio de la sabiduría”.

Entonces, y sin duda alguna, es sano cuestionar y dudar, porque al no hacerlo podemos caer en la somnolencia que nos lleva a la seguridad en su transitar hacia el error. En cualquier aspecto o momento de nuestra vida deben existir tanto certezas como dudas, que son factibles a cambios en el tiempo.

Por la ignorancia que en muchas oportunidades nos lleva a solidarizarnos con causas, eventos o personas, sin previa verificación de la verdad asumida, perdemos la oportunidad de plantear nuestras dudas, y evitar ser manipulados, convirtiéndonos en instrumentos de causas cuyo fin desconocemos.

Es un hecho que, en una cultura de la respuesta, no hay hábito de preguntas. Nos educan para responder y no para preguntar. La acción de preguntar tiene muchos enemigos. La curiosidad que tuvimos de niños, compañera de innumerables preguntas la vamos perdiendo hasta aceptar pasivamente un mundo de respuestas, dejando de cuestionar y criticar, lo que nos hace seguir apegados a “verdades” que ya no lo son o que quizá nunca lo fueron.


jueves, 12 de febrero de 2026

La indiferencia no exonera nuestra responsabilidad, culpa, castigo ni consecuencias.

 

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper, Miami, Florida USA. Ene. - Feb. 2026

Miguel A. Terán

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Podríamos considerar la indiferencia como una posición neutra con respecto a un evento, condición, circunstancia, situación o persona, pero en realidad no lo es, por la sencilla razón que no existen actitudes ni conductas neutras, todo tiene efecto y es causa. Un ejemplo de ello fue expresado por el clérigo y pacifista sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz 1984, cuando dijo: “Si eres neutral en situaciones de injusticia has elegido el lado del opresor”.

El escritor húngaro Elie Wiesel sobreviviente de campos de concentración y Premio Nobel de la Paz en 1986, expresaba que “La indiferencia nunca es una respuesta”. Es común escuchar que alguien decide no “decidir”, lo cual no tiene sentido, porque la decisión de no decidir es en sí misma una decisión. Un caso tristemente común, es cuando alguien se abstiene de votar en una elección, de cualquier tipo; entonces, es válido reconocer que su abstención fue en realidad un voto para el ganador, porque tal vez su voto y el de otros individuos que decidieron no votar, hubieran hecho una diferencia en los resultados a favor de otro candidato.


Lo cierto es que la falta de sensibilidad y la indiferencia nos convierten en personas frías, superficiales, escasas de empatía, calculadoras y egoístas. Cuando nos hemos dejado consumir en nosotros mismos, en nuestros únicos intereses, olvidando que amar es apoyar y ayudar, pero en serio y de verdad, hasta que duela hacerlo, como refería la Santa Madre Teresa de Calcuta.

Una palabra que hace parte de todo este tema es la empatía, cuyo significado nos define y describe como seres humanos, porque esta virtud nos brinda la posibilidad de reconocer, compartir y entender sentimientos, situaciones, circunstancias y estados de ánimo de otros seres humanos, permitiéndonos sensibilizarnos ante ello. Es esa capacidad de colocarse en el lugar del otro para poder comprenderlo de verdad.

Tristemente, algunos individuos consideran la empatía como debilidad de carácter. Recientemente el multimillonario Elon Musk, expresó su desacuerdo con la empatía, considerándola una debilidad de la cultura occidental. Aunque la verdad es que un individuo sin capacidad de ser empático podríamos definirlo como cualquier cosa, menos como ser humano.

Las necesidades y particulares circunstancias de quienes nos rodean deben ser importantes para nosotros, porque en algún momento las cosas y situaciones pueden cambiar. Cuando estamos bien, especialmente en lo económico, nos consideramos inmunes o blindados, pero es válido tener presente lo expresado por el Papa Francisco, quien nos sugirió que cuando vayamos subiendo saludemos a todos, porque éstos serán los mismos que encontraremos cuando vayamos bajando.

La sensibilidad es genuino interés, preocupación y deseo de apoyo y colaboración hacia los demás, hacia ese otro que nos necesita. Sin darnos cuenta vamos perdiendo esa sensibilidad, al otorgar poca o ninguna importancia al sufrimiento y dolor de otros, y allí se nos va nuestra humanidad. Entonces, evitemos la indiferencia, porque ésta nos hace insensibles ante el sufrimiento o los problemas de los demás.

Recordemos que en otro momento de nuestras vidas hemos necesitado afecto, cariño, comprensión y apoyo, y seguramente fue de valor para nosotros una simple palabra de aliento o estímulo, unos minutos que alguien nos dedicó a escucharnos, así como el apoyo y solidaridad recibidos.  Ningún individuo de la raza humana podría sobrevivir sin un mínimo de atenciones en su temprana infancia. Pero desgraciadamente, olvidamos rápido ese agradecimiento, como dice el cantautor Rubén Blades en una de sus famosas canciones: “Tan pronto nos sale el clavo se olvida todo el sufrimiento”.

En oportunidades dejamos solos a nuestros familiares y amigos. Dejamos solos a aquellos quienes han sido parte importante para lograr lo que somos hoy día. Parafraseando al escritor y bioquímico de origen ruso Isaac Asimov, podríamos considerar que una persona insensible es una persona peligrosa.

Ser sensible es una actitud, no es una simple y esporádica conducta, que nos lleva a extraer de la cartera una moneda o un billete para dárselo a alguien que pide limosna. Ser sensible es más que eso, es entender el sufrimiento y las limitaciones de esa persona para haber llegado a ello. Ser sensible es un reflejo de nuestro interior, de nuestra espiritualidad. La sensibilidad es nuestra capacidad de pensar en los demás, conscientes de que ellos algún día podrán pensar en nosotros.

El fallecido Maestro espiritual Osho consideraba que, al sentir lástima por alguien, estaba actuando nuestra mente, mientras que si sentimos compasión es empatía, es colocarnos en el lugar y situación del otro, sintiendo – también – como nuestro el problema o situación de la otra persona. Por su parte, el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano afirmaba que “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

Al mezclar ambos pensamientos podríamos concluir que la lástima lleva a la caridad y la compasión a la solidaridad. La conclusión parece ser tener compasión por los demás y hacerse presente mediante la solidaridad. Además, la compasión y la solidaridad nos convierten en personas sensibles hacia los demás; por ello, no consisten solo en involucrarse y brindar esporádica ayuda sino en comprometerse con quien requiere ayuda.

Basta que estés viviendo o quizá sufriendo alguna situación crítica, para que percibas la falta de solidaridad de muchos, y basta que estés bien, para que los demás perciban tu falta de solidaridad.

domingo, 11 de enero de 2026

Objetivos: Herramienta vital para transitar del sueño a la acción y los logros

 

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper, Miami, Florida USA. Dic. 2025 -Ene. 2026

Miguel A. Terán

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Es casi un hábito hacer propósitos de cambios y mejoras para cada año que comienza, costumbre que repetimos año tras año, casi como un ritual, pero que no siempre finaliza llena de logros una vez transcurridos los 365 días. Y, es importante, preguntarnos, ¿Qué ha pasado? especialmente con esos propósitos y sueños que llevan tiempo en nuestra mente y corazón, queriendo ser alcanzados, pero que no han podido dejar de ser simplemente sueños.


¿Por qué seguimos en este trabajo?; ¿Por qué seguimos viviendo en casa de nuestros padres o rentados?; ¿Por qué seguimos con este vehículo deteriorado?; ¿Por qué seguimos en esta relación tóxica?; ¿Por qué no hemos concluido nuestros estudios?; ¿Por qué seguimos permanentemente endeudados?; ¿Por qué estamos estancados?; Y muchos más ¿Por qué?

Se dice que un objetivo es un sueño con piernas. En otras palabras, si a nuestros sueños no les ponemos logros medibles y cuantificables, con tiempos definidos para alcanzarlos, convirtiéndoles de esa manera en objetivos, y comprometernos con su logro, esforzándonos y trabajando en ellos, nunca dejarán de ser simples sueños.

“Para cambiar tu vida, tienes que cambiar tus prioridades” dice el escritor y conferencista estadounidense John Maxwell. Entonces, los objetivos que escojas y definas deben ser tus prioridades, enfocándote con pasión y dedicando todos tus recursos y esfuerzos para perseguirlas y alcanzarlas.  

El Premio Nobel de Literatura (1947) el escritor francés André Gide expresó “No se descubren nuevos continentes sino se tiene el valor de perder de vista la costa”. En otras palabras, es imposible avanzar hacia el futuro o echar raíces en un nuevo lugar o actividad, si nuestra mente se quedó en el ayer y en el allá, porque nuestra realidad y futuro se construyen en el aquí y el ahora, los cuales nos llenan de suficientes retos y vicisitudes.

Pasar los días rumiando los temas de aquí y de allá, del presente y del pasado, y comparando unos con otros, nos agota y hurta todas las energías para enfocarnos en lo que debemos enfocarnos, en nuestras prioridades. Es importante tener presente que es en el hoy el lugar donde estamos construyendo nuestro futuro.

El problema es que todas esas preguntas que mencionamos unos párrafos atrás, al no darles adecuada respuesta, se agravarán con el paso del tiempo. Y, cada vez, representarán retos más grandes, difíciles y complicados. Es un hecho que podemos “maquillar” los síntomas de los problemas, y sentir cierto alivio temporal; por ejemplo, tomando algo para reducir una fiebre, pero si no atacamos la causa de la fiebre, por ejemplo, la infección, el problema se complica afectándonos de manera más grave. 

Una buena parte de esos propósitos, inadecuada e incompletamente definidos, se quedan -como expresamos líneas atrás- en sueños o buenas intenciones; generalmente, porque nunca fueron puestos como objetivos, les faltó precisión, metas y planificación, pero sobre todo convicción y compromiso, para lograr la requerida y necesaria disciplina.  

El hábito de postergar que ya tiene una palabra propia en español procrastinar, que significa diferir o aplazar, así como posponer o postergar, es un reflejo del escaso compromiso y la consiguiente falta de disciplina.

Son variadas las razones para que esto ocurra, comenzamos equivocándonos al no evaluar ni reflexionar lo que hicimos durante el año que recién concluye, para tomar como referencia y repetir las buenas experiencias y resultados en el nuevo año, a la vez que evitamos lo improductivo y desgastante.

También es vital ubicar o precisar el lugar donde nos encontramos y tener muy claro el lugar a dónde queremos llegar. Es absolutamente imposible dirigirnos a un lugar que no conocemos, ni sabemos dónde queda y peor aún si desconocemos desde dónde estamos partiendo. La condición actual y la condición deseada son vitales para trazar una ruta, precisar los recursos necesarios y avanzar.

En otras palabras, es indispensable a la hora de considerar objetivos, saber dónde estamos y a dónde queremos llegar, porque de lo contrario giraremos en círculos o tomaremos cualquier rumbo. Decía Lucio Séneca, el filósofo, político, orador y escritor romano, que “Ningún viento es favorable para quien no conoce el puerto al que quiere arribar”. En la misma dirección el Profesor y escritor canadiense Laurence J. Peter, reconocido por haber formulado el Principio de Peter, afirmaba: “Si no sabes dónde vas, acabarás en otra parte”.

En proyectos de familia, tales como la crianza y los estudios de los hijos, la compra de nuestra vivienda, la compra de vehículos, los proyectos de mejora de nuestra casa, las inversiones en general, etcétera, son responsabilidad de ambos miembros de la pareja. Se pueden asignar tareas específicas a algunos de los miembros de la pareja, debidamente conversadas y discutidas, pero la responsabilidad de las decisiones, avances, éxitos y desaciertos son de los dos. 

Otro aspecto importante y básico por considerar, es la globalidad de los objetivos, para armonizar, balancear y equilibrar los diferentes aspectos de nuestra vida como individuos y en nuestras relaciones de pareja, familia, trabajo, profesión, finanzas, espiritualidad, salud, descanso y recreación, amistades, sociedad, comunidad, etcétera. 

Y para concluir, los objetivos deben dividirse y establecerse en corto, mediano y largo plazo, de manera tal que lo que hagamos hoy tenga relación y planificada secuencia y consecuencia en nuestros objetivos y resultados del mañana.

viernes, 28 de noviembre de 2025

El Fanatismo: Un virus que destruye el espíritu humano y las sociedades.

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper Miami, Florida USA Nov. - Dec. 2025

Miguel A. Terán

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Iniciemos este complicado tema con una frase del novelista y ensayista francés André Maurois “Solo hay una verdad absoluta: que la verdad es relativa”. Deberíamos reconocer que en todo existen variados puntos de vista o perspectivas, y que cada uno de éstos pueden contener algo o mucho de la verdad. Sin embargo, innumerables personas acostumbran a leer, ver, escuchar o seguir solo y únicamente lo que está de acuerdo o en línea con su forma de pensar o su particular ideología o interés, acerca de algún tema, perdiendo la capacidad de crítica a la causa, razón, motivo o fuente de sus creencias, lo cual llevado a extremos se convertirá en demostraciones de fanatismo.


Para comprender el concepto de fanatismo podemos reconocerlo como la expresión desmedida, incondicional e irracional de creencias, paradigmas y opiniones religiosas, políticas, sociales, grupales, culturales, de estilo de vida y más. Una de las características del fanatismo es la pérdida de contacto con los hechos y la realidad, alejando al individuo de la razón y del sano sentido común, para llevarlo paulatinamente a la intransigencia e intolerancia, que se transforma en extremismo, radicalismo y sectarismo, y en sus expresiones más extremas puede llegar a la agresión y la violencia.

Debemos reconocer que la ignorancia es una de las características básicas del fanatismo, porque permite que muchos individuos tomen las “verdades” de otros como sus verdades, llegando a defenderlas apasionadamente y sin cuestionar. Sin ignorancia, definitivamente no habría fanatismo. Es válido aclarar que la educación formal no exime o libera a los individuos de la ignorancia, porque la ignorancia va más allá del conocimiento. La ignorancia hace acto de presencia sin considerar estrato social ni academia, porque depende más de la actitud de cada individuo, para informarse, conocer y reflexionar.

Sin embargo, hoy día es más fácil hundirse en este hueco de ignorancia, porque las redes sociales y los motores de búsquedas en internet, van determinando el contenido que vemos y la frecuencia, ya que el diabólico algoritmo detecta patrones previos de búsquedas y nos llena con información sesgada solo hacia ese patrón.

Cuando el virus del fanatismo ya ha avanzado en nuestras mentes, corazones y espíritus, seremos absolutamente intolerantes ante cualquier crítica o descalificación a lo idealizado, llegando a defenderlo con irracional convicción. La búsqueda de la verdad queda anulada, porque no hay cabida para ninguna opinión contraria que pueda poner en duda esos fanáticos puntos de vista. El médico y escritor francés Jean B. F. Descuret expresó “Un paso más allá del entusiasmo, y se cae en el fanatismo; otro paso más, y se llega a la locura”. 

En la búsqueda de esos sanos puntos medios o de equilibrio parece estar la solución para lograr un mundo equilibrado y armónico, alejado del fanatismo. Es una absoluta realidad, que muchos individuos han venido perdiendo el punto de vista propio, mientras se convierten en simples «ecos» de alguien más.

La horrible frase “Estás conmigo o estás contra mí”, es cada vez más vigente, en un mundo que hace desaparecer esos -antes mencionados- espacios o puntos medios o de equilibrio, para irse a los extremos. Sin embargo, una peor frase, que en realidad podemos catalogarla de blasfemia es “Si Dios conmigo, quien contra mí”, donde el fanático que la expresa considera absurdamente, que tiene a Dios de manera incondicional a su lado.

Hoy en día mencionar algunas palabras, es arriesgarnos a que nos tilden de algo. El fanatismo nos roba palabras que parece no podemos utilizar libremente. Ideas dirigidas a conseguir adeptos y fanáticos a muchas oscuras o interesadas causas, desvirtúan hechos y reales problemas. Los seres humanos somos seres sociales, pero la palabra «social», por ejemplo, ha sido diabolizada o demonizada, en una sociedad cada vez más individualista, pragmática y sin rasgos de empatía. 

Estamos atrapados en nuestros respectivos partidos políticos, grupos religiosos, grupos sociales de diferente índole y tendencia, en los cuales cualquier discrepancia o separación con respecto a las líneas del grupo, partido o del líder de turno, es considerada un acto de disidencia e irrespeto. En realidad, muchos de estos grupos son literalmente prisiones.

Cuando algún individuo decide criticar, discrepar o separarse de las líneas ortodoxas del grupo al cual pertenece, este individuo es censurado y descalificado públicamente, en una actitud casi fundamentalista. Sin ninguna intención de comprender razones ni argumentos, porque se concibe como una herejía el solo hecho de discrepar o disentir de las líneas dogmáticas de esa casi “secta” política, religiosa o de cualquier tipo.

El odio es uno de los combustibles emocionales del fanatismo, el cual aparece cuando un individuo percibe a otra persona, grupo o idea, como una amenaza, real o ficticia, a sus valores, intereses y seguridad. Las personas que sienten odio buscan validación y apoyo, y los grupos fanáticos ofrecen un “sentido” de comunidad y propósito, reforzando la idea de que el enemigo común debe ser combatido. El fanatismo, en su emocionalidad, usa narrativas muy básicas y simples: “nosotros somos buenos, ellos son malos”. La ignorancia mezclada con odio alimenta esta visión binaria, de extremos, eliminando matices, tonos, puntos medios y fomentando la intolerancia.

Muchos individuos tienen dentro de sí mismos odios viscerales, importados de otros horizontes y de otros momentos en el tiempo, algunos vividos, pero otros muchos heredados, que son extrapolados a los nuevos lugares y momentos, repitiendo y reviviendo continuamente en sus mentes la historia que vivieron o simplemente les contaron, convirtiéndose en fanáticos defensores de esas creencias y odios viscerales, ya quizá, la mayoría de ellos, extintos y sin sentido.  

La historia de la humanidad demuestra que ningún fanatismo ha conducido a buen destino; por el contrario, ha multiplicado tragedias y sembrado la tierra de odios, guerras y sangre. Comprender la naturaleza y razones del fanatismo es vital para no convertirnos en “tontos útiles” al servicio de sus irracionales y oscuras motivaciones.

miércoles, 26 de noviembre de 2025

!FELIZ DÍA DE ACCIÓN DE GRACIAS! / HAPPY THANKSGIVING DAY!