viernes, 7 de agosto de 2026

La importancia de la manera en que reaccionamos ante lo que no sucede. Miguel A. Terán

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Quisiera comenzar este artículo con una frase del escritor estadounidense Thaddeus Golas, que refleja exactamente el título del escrito “Lo que sucede no es tan importante como la forma en que usted reacciona a lo que sucede”.

La realidad es que nuestra forma de pensar e interpretar las circunstancias es lo que nos permitirá dominarlas o ser su víctima, cualquiera de estos extremos. Expresaba el filósofo británico James Allen que seguiremos siendo golpeados por las circunstancias externas mientras continuemos creyendo que somos víctimas de esas circunstancias.


“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional”, afirmaba Buda. Una situación o circunstancia similar puede ser vivida, interpretada y sentida de manera muy distinta por dos individuos. El mismo J. Allen reconocía que “El sufrimiento es siempre el resultado del pensamiento equivocado en alguna dirección. Es un indicativo de que el individuo no está en armonía consigo mismo”.

Cuando dejamos de quejarnos y rumiar la circunstancia, pasando a evaluarla y racionalizarla, a fin de disminuir el componente emocional, podremos encontrar soluciones viables; pero todo, dependerá de nuestras creencias y paradigmas, porque éstos estarán presentes en esa evaluación y racionalización, adulterando, sesgando o polarizando.   

Algunas circunstancias y eventos podrían ser válidos, pero al evaluarlos a la luz de esas creencias y paradigmas, corremos el riesgo de desvirtuar los hechos que le dan soporte, cambiándolos y permitiendo que éstos nos afecten. El escritor francés y Premio Nobel de Literatura (1921) Anatole France, recomendaba que exagerásemos nuestras alegrías, como hacemos con nuestras penas, para que nuestros problemas pierdan importancia.

El conocido autor y conferencista Anthony Robbins ha ratificado que “Lo que configura quiénes somos hoy y quiénes seremos en el futuro nunca es el ambiente, ni los acontecimientos que ocurran en nuestras vidas, sino el significado que damos a esos acontecimientos”. Por supuesto, que el significado que les damos depende de muchas variables, buena parte de las cuales están en el ambiente y la cultura en la cual hemos sido formados.


Una de las principales enfermedades de estos “modernos tiempos” es el estrés, esa tensión provocada por situaciones que nos agobian o - mejor dicho- que permitimos que nos agobien, constituyendo un buen ejemplo de nuestra reacción ante lo que nos sucede. Incluso, en algunos casos, vivimos estrés por cosas que suponemos podrían ocurrirnos.  El autor y motivador Adam J. Jackson plantea una interesante “Fórmula antiestrés: primero no preocuparse por las cosas pequeñas y segundo recordar que casi todas las cosas en esta vida son pequeñas”.

Es válido tener en consideración, las palabras de quien fue una importante figura de negocios estadounidense, Theodore N. Vail, quien expresó que “Las dificultades reales se pueden superar, solo las imaginarias son invencibles”.  Y es realidad, que permitimos que muchas dificultades imaginarias nos atormenten. Recordemos lo expresado por el filósofo y matemático francés René Descartes, quien poco antes de morir confesó: “Mi vida estuvo llena de desgracias, muchas de las cuales jamás sucedieron”.

Ratificamos que no son las circunstancias las que determinan nuestra vida, sino nuestras creencias y paradigmas acerca del significado de esas circunstancias. Es nuestra interpretación de lo que ocurre, basada en esas creencias y paradigmas, lo que nos lleva a percibir, pensar, sentir y accionar ante lo que nos sucede, para bien o para mal. Una “mala cara” de alguien es sencillamente su cara o su careta, no necesariamente un gesto hacia nosotros. Muchos individuos caminan por la vida con su carga de “basura” a cuestas, esperando a que alguien se la reciba, para lanzarla encima.

Tengamos presente que la racionalidad es el enemigo número uno, de quien pretende convencernos de algo, bajo los “argumentos” emocionales de las circunstancias o el momento. Es vital tener presente que el tiempo para reaccionar y decidir nos pertenece, de manera que debemos utilizarlo para racionalizar nuestra reacción y decisión. La película que guía nuestras decisiones y acciones la creamos en nuestra mente, tejiéndola con nuestras creencias y paradigmas; por ello, se convierte en válida esa frase de “Ahogarnos en un vaso de agua”.

EL VENDEDOR DE CALZADOS

Este viejo cuento que aparece en libros de texto, cursos de ventas e internet -sin autor conocido- refleja cómo nuestra perspectiva del entorno o de lo que nos ocurre puede guiarnos de manera positiva o negativa.

Es la historia de una empresa de calzado que contrató y envió a un empleado a explorar el potencial mercado de negocios en un lejano país. Cuando el nuevo vendedor llegó a la primera ciudad que visitará, pudo observar que la mayoría de la gente andaba descalza, lo cual lo decepcionó y frustró, por lo que decidió renunciar de inmediato, enviando su renuncia en estos términos “… imposible vender zapatos, aquí nadie los utiliza, todos andan descalzos”.

La empresa contrató a otro vendedor, quien, al llegar al lugar, también pudo observar que la gente en su mayoría no utilizaba zapatos, lo cual representó para él – a diferencia del anterior vendedor - una gran oportunidad, expresando en una correspondencia enviada a su compañía: “… prepárense para producir, porque aquí existe un gran mercado, casi nadie tiene zapatos”.

Donde parecía existir un problema, este segundo vendedor encontró una oportunidad, al interpretar de manera distinta al anterior las características del mercado, ya que el lugar era el mismo, la gente era la misma y el producto a vender, también el mismo. Solo la diferencia estuvo en su actitud con respecto a la oportunidad.


lunes, 8 de junio de 2026

La Felicidad + La historia de La Libreta de la Vida‏

“La vida es tan incierta, que la felicidad debe aprovecharse en el momento que se presenta”.
Alejandro Dumas (1802-1870) Dramaturgo y novelista francés. Autor de las famosas novelas El Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros.



REFLEXIÓN: Lo cierto es que en un instante todo puede dar vuelta, un resplandeciente día de sol se convierte -de repente- en un día lluvioso. Pero haber disfrutado el día soleado, mientras estuvo así, parece mejor opción que lamentar la lluvia. El conocido adagio o dicho “Carpe Diem”, del poeta romano Horacio, expresado hace más de dos milenios, nos invita a “Vivir o disfrutar el momento”, porque esta expresión ratificaba que irremediablemente envejeceremos y moriremos pronto.


El novelista estadounidense Pearl S. Buck afirmaba que “Muchas personas se pierden las pequeñas alegrías mientras aguardan la gran felicidad”. Se nos va la vida esperando el gran momento, que no parece llegar, mientras que los pequeños momentos de verdadera felicidad se nos escapan.

Posponemos muchas alegrías, sueños y momentos para “después”, porque no concebimos la muerte como una realidad siempre presente, parece que morir es algo que le pasa solo a los demás, por lo tanto “tenemos tiempo” para dejar los momentos felices para “después” o para “más adelante”.

El filósofo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche consideraba que nuestro destino está hecho de momentos felices, toda la vida los tiene, pero no de épocas felices. La realidad es que debemos disfrutar de los pequeños momentos de la vida, ya que los grandes son pocos, en realidad escasos, y muy separados.

Una vieja expresión, nos recuerda, que no se trata de añadir años a la vida, sino de añadir vida a los años. No logramos ni hacemos nada, extendiendo nuestro tiempo de vida, sin contenido ni sentido, porque ese tiempo adicional o extra se convertiría solo en un tiempo de espera para morir. El problema es que ese contenido y sentido de vida, que nos hará falta al final del trayecto, debemos desarrollarlo viviendo nuestra vida no solo a lo largo, sino también a lo ancho. El escritor y ministro de la Iglesia de Escocia, Thomas Chalmers, afirmaba que la dicha de la vida consiste en tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar y alguna cosa que esperar.

Un autor anónimo planteaba que "La vida no se mide por las veces que respiramos, sino por aquellos momentos que nos dejan sin aliento". El escritor estadounidense Henry Van Dyke consideraba que “La felicidad es interior, no exterior; por lo tanto, no depende de lo que tenemos, sino de lo que somos”. Hace más de trescientos años, el diplomático y escritor español Diego de Saavedra Fajardo, nos daba las palabras para cerrar esta reflexión de hoy, afirmando: “No está la felicidad en vivir, sino en saber vivir”.

Miguel A. Terán
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LA LIBRETA DE LA VIDA
Autor Anónimo

Un día un hombre llegó a un pequeño y viejo pueblo, muy bello, pero ocurrió algo misterioso, que le llamó mucho la atención. El hombre llegó al pueblo caminando lentamente entre los árboles y piedras de una hermosa colina.

Sobre una de las piedras, descubrió inscripción tallada que decía: “Aquí yace Abdul Tareg, vivió cinco años, seis meses, dos semanas y tres días”.

Reconoció de inmediato que esa piedra no era simplemente una piedra, era una lápida. Sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estuviera enterrado en ese lugar. Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta que la piedra de al lado tenía también una inscripción. Se acercó a leerla; y ésta decía: “Aquí yace Yamin Kalib”, vivió tres años, ocho meses y tres semanas.

El hombre se sintió terriblemente abatido. Ese hermoso lugar era un cementerio y cada piedra, una tumba. Una por una leyó las lápidas; todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto. Pero lo que más le espantó fue comprobar que el que más tiempo había vivido sobrepasaba apenas los seis años.

Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar. Un anciano que era el cuidador del cementerio, que pasaba por ahí, se acercó. Y el visitante preguntó al cuidador: "¿Qué pasa con este pueblo? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar?”.

El anciano respondió: "Puede usted tranquilizarse. Lo que sucede es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré: Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta. Y es tradición entre nosotros que, a partir de ese momento, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y comience a anotar en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado en los pequeños y grandes detalles, y a la derecha, cuánto tiempo duró el disfrute interior, la felicidad, a pesar de otras adversidades. Las tumbas que usted ve aquí no son de niños, sino de adultos; y el tiempo de vida que dice la inscripción de la lápida, se refiere a la suma de los momentos que duró la verdadera felicidad de cada una de las personas que descansan en este lugar”.

“Así pues –prosiguió el anciano dando una palmada en la espalda del visitante-, cuando alguien muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba, porque es, amigo caminante, el único y verdadero tiempo vivido”.

En cada detalle de los buenos y amargos momentos, en los cuales disfrutamos, aprendemos y crecemos; en aquellos momentos en que somos felices ayudando o solidarizándonos con otros, en aquellos que comprendemos que compartir llena más que poseer todo, en aquellos momentos que no tenemos otra opción que dejar descansar nuestras esperanzas en Dios. Esos son los tiempos que dura nuestra felicidad y ese es el tiempo de la verdadera plenitud de nuestra vida.

Referencia: Pensamiento y Reflexión del Día. Blog: https://miguelterancoach.blogspot.com

domingo, 10 de mayo de 2026

“Muchas maravillas hay en el universo; pero la obra maestra de la creación es el corazón materno”. Ernest Bersot (1816-1880). Filósofo y escritor francés.


El corazón de una madre es, sin lugar a duda, un espacio sin límite ni fronteras para sus hijos. Hasta el final de sus días ella estará allí, con un compromiso que nada ni nadie lo puede superar. Un proverbio judío, reconoce que "Dios no podía estar en todas partes, así que creó a las madres", sabia y divina decisión, para lo cual debió crear un ser especial, único, irrepetible e insustituible para cada uno de nosotros. El escritor francés Honoré de Balzac lo expresó afirmando que “Jamás en la vida encontraréis ternura mejor y más desinteresada que la de vuestra madre”. 


Podría plantearse en quienes cuentan, adicionalmente, con un padre excelente, el valor de cada uno de sus progenitores en su crianza y, sin menospreciar a ese padre amoroso, comprometido y responsable, reconocemos que el vínculo con nuestra madre es de orden superior y no depende de convencionalismos sociales, legales ni religiosos; quizá por ello, el filósofo chino Lao Tse, afirmó que “El padre y el hijo son dos. La madre y el hijo son uno”. 

Muchas de las grandes figuras de la historia han expresado agradecimiento a sus madres, reconociendo que buena parte de sus logros y éxitos se los debían a ellas. Uno de estos personajes, el primer presidente estadounidense George Washington expresaba "Mi madre era la mujer más hermosa que he visto. Todo lo que soy se lo debo a mi madre. Atribuyo todos mis éxitos en la vida a la educación moral, intelectual y física que recibí de ella". 

El también político y presidente estadounidense Abraham Lincoln reconocía: “Todo lo que soy o espero ser se lo debo a la angelical solicitud de mi madre”. Una autora anónima expresó: "Nunca supe cuánto amor mi corazón podía contener hasta que alguien me dijo mamá”. 

Realidades también hay muchas, son innumerables las madres que recorren trayectos difíciles, desde muchas perspectivas; algunas de ellas, batallando solas y llevando todas las responsabilidades, inclusive de proveer los recursos económicos para el hogar, en ese doble y complejo rol de madre y padre. Las carencias y necesidades, así como el exceso de recursos crean con el tiempo distintos problemas en la familia y en la sociedad; pero, tal vez, similares sufrimientos para el corazón de una madre. 

No podemos olvidar que nuestras madres también son seres humanos, con virtudes y defectos. Las creencias y paradigmas, con las que crecieron en épocas, lugares y culturas distintas a la nuestra, pueden hacerlas –con los años- blanco o target de críticas, inclusive de sus propios hijos; pero, podemos afirmar, con absoluta y total seguridad que ellas siempre desearon y soñaron lo mejor para sus hijos, aunque por ignorancia, errores, omisiones o circunstancias no lograran hacerlo de la manera ideal o perfecta. 

De lo que, si podemos estar seguros, es que ese ser, que más allá de darnos la vida, don divino asignado a ella por Dios, creerá en nosotros cuando ya nadie cree, nos protegerá, cuidará, atenderá y nos será fiel en las más difíciles circunstancias, hasta su último suspiro de vida.  Las madres y, en realidad, ambos progenitores tienen una enorme responsabilidad con sus hijos, con el futuro y con la sociedad, ya que no solo están criando niños, sino creando y construyendo los hombres y mujeres del mañana.

Con toda admiración y respeto para ustedes. ¡Feliz Día de las Madres!


Miguel A. Terán
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Referencias: Tomadas de Wikipedia + RAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).

lunes, 27 de abril de 2026

¿Hasta dónde debemos acompañar o ser fieles a las “verdades” que hemos aceptado? Miguel A. Terán

 

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper - Miami, FL. USA - Abril- Mayo 2026

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Hemos sido “educados” o quizá “adoctrinados” con un repertorio de respuestas envasadas que nos brindan cierto nivel de tranquilidad y confort, ante la incertidumbre, dudas y miedos. Además, parece que plantearse nuevas preguntas o dudas es atentar contra lo que hemos aceptado como normal e incluso contra el statu quo; sin reconocer, que al hacer preguntas pasamos de ser simples espectadores a ser actores, convirtiéndonos en una voz y dejando de ser parte de un eco. En todo caso, es un auténtico reto evolutivo llegar a ser un individuo y no simplemente una pieza de un rebaño. 


Es un hecho que cada punto de vista se sostiene en la “verdad” de quien lo expresa; aunque en algunos casos, esa “verdad” se sostiene en la “verdad” de quien logra convencer a otro. Las verdades cambian en el tiempo, tal vez por ello, el escritor y pensador político francés Barón de Montesquieu ratificaba que “La verdad en un tiempo es error en otro”. Particularmente, puedo afirmar que muchas de mis “verdades” de ayer, no son mis “verdades” de hoy, porque los conocimientos, experiencia y aprendizajes adquiridos con los años, han logrado que a través de la reflexión cuestione creencias y paradigmas, que no solo me han cambiado sino transformado en un individuo con una perspectiva más amplia acerca del mundo, de las sociedades y la gente. 

Reconozco que no es fácil romper, ni creencias ni paradigmas, porque están muy arraigados, algunos de ellos desde nuestra temprana infancia. Muchas de las “verdades” que nos acompañan parecen heredadas y casi las llevamos en nuestro ADN. Algunas de éstas provienen de historias, cuentos o mensajes que recibimos, pero que nunca verificamos. Muchas de éstas pertenecieron a miedos, errores, fracasos y figuras enemigas de nuestros antepasados. Que, tal vez, ellos mismos heredaron y transmitieron sin cuestionar, y con el paso del tiempo se han solidificado, haciéndose incuestionables y a prueba de dudas.  

Las creencias que dan soporte a esas “verdades” las utilizamos como filtros para tamizar o depurar la información o datos que recibimos; por lo cual, muchas veces durante ese proceso de filtrado alteramos, manipulamos o sesgamos esa información y datos, construyendo algo alineado con nuestras creencias y paradigmas. Tengamos presente que “Una creencia no es simplemente una idea que la mente posee, es una idea que posee a la mente” como afirma Robert Bolt, el escritor y guionista británico ganador de dos premios Óscar.


Percibimos selectivamente lo que deseamos o lo que está en línea con nuestra manera de pensar, lo cual hoy día es más fácil, ya que los algoritmos de internet y redes sociales organizan y priorizan la información, determinando el contenido que vemos y la frecuencia, porque el diabólico algoritmo detecta patrones previos de búsquedas y nos llena con información sesgada solo hacia ese patrón.

Muchas creencias y paradigmas las cambiaríamos solo con ir un poco antes en el tiempo, unas décadas atrás en nuestra mirada o en la lectura, para comprender las raíces y causas de lo que criticamos o apoyamos. Las cosas no surgen por generación espontánea, sino que provienen de algo. Sin embargo, vemos hechos, situaciones o circunstancias, pero no damos atención a los procesos que las han causado.

Entonces, es necesario informarnos y adquirir conocimiento de equilibrada y variada fuente, para analizar y reflexionar sobre lo escuchado, leído o visto, con mente abierta y dispuesta al cambio para poder cuestionar creencias y paradigmas, evitando sesgos que desvirtúen nuestra percepción y nos hagan víctimas de engaños y “tontos útiles” en batallas que no nos pertenecen.

Especialistas reconocen que -generalmente- no escuchamos para comprender, sino para contestar; por ello, es común que planifiquemos o preparemos nuestra respuesta, mientras la otra persona está tratando de exponer su opinión o punto de vista, sobre algún tema en particular.

En otros casos, simplemente, no prestamos atención a lo que nos dicen. En ambas situaciones se generan vacíos de información, que muy probablemente se conviertan en dudas, que distorsionan el proceso de comunicación. Adicionalmente, esos espacios corren el riesgo de ser llenados con interpretaciones, suposiciones, juicios o –simplemente- incorporándose en ellos palabras que no eran parte del mensaje original.

El periodista, escritor e historiador polaco, Ryszard Kapuscinski, afirmaba que “Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático”. La duda es una solución para cuestionarnos esas “verdades”. El sabio Aristóteles lo afirma diciendo que “La duda es el principio de la sabiduría”.

Entonces, y sin duda alguna, es sano cuestionar y dudar, porque al no hacerlo podemos caer en la somnolencia que nos lleva a la seguridad en su transitar hacia el error. En cualquier aspecto o momento de nuestra vida deben existir tanto certezas como dudas, que son factibles a cambios en el tiempo.

Por la ignorancia que en muchas oportunidades nos lleva a solidarizarnos con causas, eventos o personas, sin previa verificación de la verdad asumida, perdemos la oportunidad de plantear nuestras dudas, y evitar ser manipulados, convirtiéndonos en instrumentos de causas cuyo fin desconocemos.

Es un hecho que, en una cultura de la respuesta, no hay hábito de preguntas. Nos educan para responder y no para preguntar. La acción de preguntar tiene muchos enemigos. La curiosidad que tuvimos de niños, compañera de innumerables preguntas la vamos perdiendo hasta aceptar pasivamente un mundo de respuestas, dejando de cuestionar y criticar, lo que nos hace seguir apegados a “verdades” que ya no lo son o que quizá nunca lo fueron.


jueves, 12 de febrero de 2026

La indiferencia no exonera nuestra responsabilidad, culpa, castigo ni consecuencias.

 

Artículo publicado en Los Tiempos Newspaper, Miami, Florida USA. Ene. - Feb. 2026

Miguel A. Terán

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Podríamos considerar la indiferencia como una posición neutra con respecto a un evento, condición, circunstancia, situación o persona, pero en realidad no lo es, por la sencilla razón que no existen actitudes ni conductas neutras, todo tiene efecto y es causa. Un ejemplo de ello fue expresado por el clérigo y pacifista sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz 1984, cuando dijo: “Si eres neutral en situaciones de injusticia has elegido el lado del opresor”.

El escritor húngaro Elie Wiesel sobreviviente de campos de concentración y Premio Nobel de la Paz en 1986, expresaba que “La indiferencia nunca es una respuesta”. Es común escuchar que alguien decide no “decidir”, lo cual no tiene sentido, porque la decisión de no decidir es en sí misma una decisión. Un caso tristemente común, es cuando alguien se abstiene de votar en una elección, de cualquier tipo; entonces, es válido reconocer que su abstención fue en realidad un voto para el ganador, porque tal vez su voto y el de otros individuos que decidieron no votar, hubieran hecho una diferencia en los resultados a favor de otro candidato.


Lo cierto es que la falta de sensibilidad y la indiferencia nos convierten en personas frías, superficiales, escasas de empatía, calculadoras y egoístas. Cuando nos hemos dejado consumir en nosotros mismos, en nuestros únicos intereses, olvidando que amar es apoyar y ayudar, pero en serio y de verdad, hasta que duela hacerlo, como refería la Santa Madre Teresa de Calcuta.

Una palabra que hace parte de todo este tema es la empatía, cuyo significado nos define y describe como seres humanos, porque esta virtud nos brinda la posibilidad de reconocer, compartir y entender sentimientos, situaciones, circunstancias y estados de ánimo de otros seres humanos, permitiéndonos sensibilizarnos ante ello. Es esa capacidad de colocarse en el lugar del otro para poder comprenderlo de verdad.

Tristemente, algunos individuos consideran la empatía como debilidad de carácter. Recientemente el multimillonario Elon Musk, expresó su desacuerdo con la empatía, considerándola una debilidad de la cultura occidental. Aunque la verdad es que un individuo sin capacidad de ser empático podríamos definirlo como cualquier cosa, menos como ser humano.

Las necesidades y particulares circunstancias de quienes nos rodean deben ser importantes para nosotros, porque en algún momento las cosas y situaciones pueden cambiar. Cuando estamos bien, especialmente en lo económico, nos consideramos inmunes o blindados, pero es válido tener presente lo expresado por el Papa Francisco, quien nos sugirió que cuando vayamos subiendo saludemos a todos, porque éstos serán los mismos que encontraremos cuando vayamos bajando.

La sensibilidad es genuino interés, preocupación y deseo de apoyo y colaboración hacia los demás, hacia ese otro que nos necesita. Sin darnos cuenta vamos perdiendo esa sensibilidad, al otorgar poca o ninguna importancia al sufrimiento y dolor de otros, y allí se nos va nuestra humanidad. Entonces, evitemos la indiferencia, porque ésta nos hace insensibles ante el sufrimiento o los problemas de los demás.

Recordemos que en otro momento de nuestras vidas hemos necesitado afecto, cariño, comprensión y apoyo, y seguramente fue de valor para nosotros una simple palabra de aliento o estímulo, unos minutos que alguien nos dedicó a escucharnos, así como el apoyo y solidaridad recibidos.  Ningún individuo de la raza humana podría sobrevivir sin un mínimo de atenciones en su temprana infancia. Pero desgraciadamente, olvidamos rápido ese agradecimiento, como dice el cantautor Rubén Blades en una de sus famosas canciones: “Tan pronto nos sale el clavo se olvida todo el sufrimiento”.

En oportunidades dejamos solos a nuestros familiares y amigos. Dejamos solos a aquellos quienes han sido parte importante para lograr lo que somos hoy día. Parafraseando al escritor y bioquímico de origen ruso Isaac Asimov, podríamos considerar que una persona insensible es una persona peligrosa.

Ser sensible es una actitud, no es una simple y esporádica conducta, que nos lleva a extraer de la cartera una moneda o un billete para dárselo a alguien que pide limosna. Ser sensible es más que eso, es entender el sufrimiento y las limitaciones de esa persona para haber llegado a ello. Ser sensible es un reflejo de nuestro interior, de nuestra espiritualidad. La sensibilidad es nuestra capacidad de pensar en los demás, conscientes de que ellos algún día podrán pensar en nosotros.

El fallecido Maestro espiritual Osho consideraba que, al sentir lástima por alguien, estaba actuando nuestra mente, mientras que si sentimos compasión es empatía, es colocarnos en el lugar y situación del otro, sintiendo – también – como nuestro el problema o situación de la otra persona. Por su parte, el escritor y periodista uruguayo Eduardo Galeano afirmaba que “La caridad es humillante porque se ejerce verticalmente y desde arriba; la solidaridad es horizontal e implica respeto mutuo”.

Al mezclar ambos pensamientos podríamos concluir que la lástima lleva a la caridad y la compasión a la solidaridad. La conclusión parece ser tener compasión por los demás y hacerse presente mediante la solidaridad. Además, la compasión y la solidaridad nos convierten en personas sensibles hacia los demás; por ello, no consisten solo en involucrarse y brindar esporádica ayuda sino en comprometerse con quien requiere ayuda.

Basta que estés viviendo o quizá sufriendo alguna situación crítica, para que percibas la falta de solidaridad de muchos, y basta que estés bien, para que los demás perciban tu falta de solidaridad.