Dejando de ser sensibles, dejamos de ser humanos. Miguel A. Terán

on martes, 15 de marzo de 2016
Dejando de ser sensibles, dejamos de ser humanos.
Miguel A. Terán

La consecuencia al dejar de ser humanos es pasar al extremo del mundo animal, viviendo y actuando basados en instintos, reacciones e impulsos. Refiero “al extremo del mundo animal”, porque sin duda que existen animales más humanos que algunas personas. 
En esa preocupación por nuestra perdida de humanidad, el filósofo y ensayista español José Ortega y Gasset  expresaba que «Mientras el tigre no puede dejar de ser tigre, porque no puede “Destigrarse”, las personas viven en riesgo permanente de deshumanizarse». No obstante, aún movidos por sus instintos, nos sorprenden vídeos con actitudes de humanidad en algunos animales salvajes. 
La pérdida de sensibilidad humana es notoria en nuestros días, por ello, muchos eventos y situaciones que nos asombraban, indignaban y llevaban a actuar años atrás, hoy día los vemos como algo “normal”, y callamos. Sin querer pecar  de conservadores, podemos afirmar que una de nuestras modernas tragedias es “La normalidad de la anormalidad”, que nos hace perder los sanos y humanos límites. “Lo importante no es mantenerse vivo sino mantenerse humano”, nos recordaba el escritor y periodista británico George Orwell. 
Debemos conservar nuestra sensibilidad no solo como individuos, sino como miembros de una sociedad, condición indispensable para que esa sociedad –a la cual pertenecemos- merezca definirse como una sociedad de seres humanos. Para lograrlo se requiere que la sociedad procure condiciones decentes de vida, desarrollo y oportunidades equitativas y justas para todos sus integrantes. La equidad y la justicia serán realidad solo cuando no haga falta la caridad.  “La caridad comienza donde termina la justicia”, afirmaba el sacerdote jesuita chileno San Alberto Hurtado. 
El acceso a la salud, la educación, la vivienda, el trabajo digno, la alimentación  y la seguridad, entre otras, son respuesta a esa conciencia social necesaria para que pueda haber paz entre todos los miembros de una sociedad. En muchas sociedades podríamos considerar esas condiciones –inclusive en su nivel más básico- como lujos, imposibles de disfrutar por buena parte de la población. 
“Si una sociedad libre no puede ayudar a sus muchos pobres, tampoco podrá salvar a sus pocos ricos”, expresó el ex Presidente y político estadounidense John F. Kennedy. Es un hecho que el auténtico y duradero progreso debe conllevar un beneficio general, para que sea sustentable en el tiempo. El Papa de la Iglesia Católica Juan XXIII, expresaba “Nada de lo que ocurra a las personas nos debe resultar ajeno”. 
La guerra es consecuencia de muchos intereses, desequilibrios y desigualdades, pero es siempre una derrota para la humanidad, tal cual lo afirmaba el Papa de la Iglesia Católica  Juan Pablo II. Parece un hecho lógico y humano, considerar que “Nadie es tan tonto como para desear la guerra y no la paz; pues en la paz los hijos llevan a sus padres a la tumba, en la guerra son los padres quienes llevan a los hijos a la tumba”, tal cual lo expresó siglos atrás el  Historiador y geógrafo griego Heródoto de Halicarnaso. 
Tengamos presente que la diferencia entre un ser vivo y un ser humano son sus rasgos de humanidad. Evitemos que nos consuman solo los propios “problemas y dificultades”, pasadas, presentes y futuras, reales, posibles o ficticias, logrando que perdamos el necesario contacto con la realidad y el entorno, con los problemas comunes a todos, y con nuestra condición de seres humanos y sociales.

16 de Marzo de 2016.

Miguel A. Terán
Psicología, filosofía y coaching.

Twitter: @MiguelATeranO
Nota: imagen extraída de la web
Referencias: Tomadas de Wikipedia + RAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.


0 comments :

Publicar un comentario