Que nuestra palabra construya. Miguel A. Terán

on martes, 7 de julio de 2015
Que nuestra palabra construya.
Miguel A. Terán

Es un hecho que la palabra es poderosa; tal vez, muy poderosa, para bien o para mal. Con la palabra podemos construir, sanar, apoyar, orientar y muchas cosas buenas más; pero también es factible destruir, dañar, desorientar y muchas cosas malas más. 
El lenguaje no es neutro, tiene polaridad, no es inocente. Hasta permanecer callado, en un momento determinado, representa nuestra posición o por lo menos nuestra firmeza o compromiso con respecto a un tema. El clérigo y pacifista sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz (1984) afirma  "Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor". 
La palabra es activa, por lo cual genera resultados y consecuencias. Años atrás decía el empresario y escritor venezolano Dr. Ivan Lansberg que los malos llevan ventaja a los buenos, porque los malos tienen como parte de sus principios filosóficos de vida “Habla mal que algo queda”, mientras los buenos preferimos callar, y sin proponérnoslo otorgar la razón al otro. 
Nuestro mundo es interpretativo, por tanto es osado hacer juicios y la lucha por la búsqueda de la verdad nunca termina. Podemos ser responsables o irresponsables con nuestras palabras. El lenguaje siempre ha sido una herramienta valiosa para quien lo sabe utilizar,  pero en muchos casos, podríamos calificarlo como una perversa herramienta de manipulación. Esa mezcla de escasa ética, lenguaje manipulador e ignorancia de la otra parte, ha sido, es y sigue siendo la causa de muchas de las tragedias y problemas por los cuales atraviesa la humanidad. 
La profesora e investigadora estadounidense, Barbara Fredrickson, una de los expertos mundiales en positivismo, ratifica que “aunque parezca fácil expresar positividad con palabras y sonrisas, sino la sentimos realmente, puede hacernos daño”, porque el cuerpo reconoce cuándo intentamos hacerle trampa. Entonces, palabras que parecen buenas podría no serlo cuando no son sinceras. 
Una verdadera palabra de estímulo debe acompañarse de una toma de conciencia con respecto al tema, la situación o la circunstancia vivida y los recursos de que disponemos,  para que realmente comprendamos las causas y podamos de manera efectiva hacer algo al respecto,  y no solo pretender colocar  “pañitos calientes” a las consecuencias o síntomas, sin reconocer ni atacar las causas.  
Tristemente, muchas palabras quedan solo en palabras, sin hechos, perdiendo todo valor. Aunque, en innumerables oportunidades, el uso está en manos de quien las escucha, reflexiona sobre ellas y actúa en consecuencia. “La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”, refería el escritor y filósofo francés Michel de Montaigne. Mientras, el sabio fundador del Budismo, Buda, decía “Como flores hermosas, con color, pero sin aroma, son las dulces palabras para el que no obra de acuerdo con ellas”. 
Una sana y productiva conversación requiere de un adecuado contexto o entorno, que incluye el mejor momento y lugar para que sea fructífera y de beneficio mutuo. En el plano personal, las conversaciones funcionan mejor cuando estamos de buen ánimo y sin carga de emociones, evitando confundir éstas con opiniones y juicios. El resultado de esa conversación debe ser lograr el objetivo propuesto, brindándonos la posibilidad de aprender algo nuevo o corregir y reparar algo que se había deteriorado, si este último fuera el caso. 
Es necesario utilizar las palabras con sabiduría, humildad y conciencia del poder que tienen para construir personas y sociedades en paz y felices, comenzando por nosotros mismos. Llenemos, entonces,  nuestra mente, corazón y espíritu de cosas buenas, porque nuestra palabra será un reflejo de lo que tenemos por dentro. 

Julio 08, 2015.

Miguel A. Terán
Psicología, filosofía y coaching.

Twitter: @MiguelATeranO
Nota: imagen extraída de la web
Referencias: Tomadas de Wikipedia + RAE (Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española).


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