Reflexiones de Familia‏ - Cuando convertimos la crianza de nuestros hijos en un proyecto. - Miguel A. Terán

on sábado, 19 de julio de 2014


Al considerar la crianza de nuestros hijos como un proyecto, debemos imaginarnos sus vidas llena de fines, objetivos, metas, estrategias, tácticas, planificación, presupuestos, evaluación y mediciones,  y por supuesto resultados. No hacerlo así, significaría dejar el proyecto al azar, de hecho las empresas y organizaciones funcionan de manera planificada.

Pero sin duda, que la vida no es ni debe ser un objetivo, ni mucho menos considerada o tratada como una empresa; y si bien es cierto, que no debemos llevarla sin rumbo ni sentido, porque parece razonable que tengamos algún horizonte, tampoco es válido que el objetivo sea convertirla en un proyecto.

El autor Carl Honoré, reconocido por su best-seller Elogio a la Lentitud,  y de quien haré algunas referencias en este artículo, nos dice, en su libro Hijos Bajo Presión,  que: “Todos salimos mal parados cuando los niños se convierten en proyectos”. Este autor reconoce que “[…] la infancia moderna parece extrañamente insulsa, saturada de acción, logros y consumo, pero en cierto sentido vacía y sucedánea”. 1 Uno de los riesgos de conducir la vida como un proyecto es   vivir enfocados en el futuro, mientras se nos escapa el presente.

Una infancia insípida, sin sabor, color ni olor y quizá sin más contenido que los objetivos de ese proyecto familiar, que debe –a toda costa- fabricar un niño, construido de tal manera que encaje y sea parte en una sociedad, que le exige pautas de conducta acordes a un establecido estilo, nivel y ritmo  de vida.

Esa vida transcurre con niños dentro de la casa haciendo tareas, frente a una pantalla de algo, inactivos físicamente, poca aventura, adoctrinados y de escasa interacción en temas familiares y humanos. Para otros este transcurrir se complementa entre las infinitas clases de cualquier cosa - deportes, bailes, música, artes marciales, etcétera -  existentes en un mercado donde hay de todo para escoger, pero que debe ser entendido como un complemento de la crianza familiar.

Hasta el acto de comer, que en algún momento del pasado fue punto de encuentro, unión familiar y ratificación de valores familiares e inclusive de transmisión de recetas, se ha convertido en una actividad puramente fisiológica y allí surge el rentable mercado de la comida rápida “fast food”, dispuesto a satisfacer esa “necesidad”, no de alimentarse, sino de comer sin perder tiempo comiendo.

La escuela siempre será un complemento, el lugar donde se forman nuestros hijos, nunca el lugar donde los educamos, porque educar es una tarea del hogar.

Todo lo anterior unido a unos padres ausentes, sin tiempo para la familia, convencidos que su principal y más importante rol es de proveedores, seguido de otros roles como el de taxista, ya que pasamos parte importante del tiempo transportando a nuestros hijos a sus actividades, pero haciendo de ese tiempo de transporte algo vacío y sin contenido, cada quien en lo suyo.

Estos modernos roles, limitados o carentes de comunicación y afecto, sin capacidad para transmitir principios ni valores, serán parte de una mezcla –quizá explosiva - de la cual ya recogemos resultados amargos y el paso de los años no parece alentador.

El mismo Carl Honoré, afirma que cuando los adultos “secuestran la infancia”, los niños ya no tienen tiempo para atender actividades básicas y vitales para su desarrollo como seres humanos y seres sociales.

Una característica de esta época es la escasa capacidad de frustración, tanto de padres como de hijos, en una sociedad donde la definición que se ha otorgado al éxito, a pesar de todas las “referencias filosóficas” y consideraciones sobre el aprendizaje, no acepta ni reconoce el fracaso como una opción de vida.  

No necesariamente seremos más felices llevando nuestra vida por una autopista, versus quien la lleva por un camino de tierra. Las elevadas y crecientes estadísticas de suicidios, consumo de droga, licor, accidentes, rebeldías y otras, en adolescentes y jóvenes adultos, parecen ser parte de la cosecha y son alarmas para reflexión.   

Al considerar a los hijos como un proyecto, una vez definido el proyecto por sus progenitores, bajo la pauta, instrucciones y notas de la sociedad, nuestros hijos pasan a ser piezas de la estrategia, sin opción a ningún acto creativo, sino a comportarse dentro de esa pauta social y del objetivo familiar.

Ese proyecto puede ser académico, deportivo o de otro tipo, ambos o todos, depende del nivel de sensatez y racionalidad de los padres,  y junto al proyecto –como dijo Carl Honoré- secuestramos a nuestros hijos su  infancia y adolescencia, sin permitirles experimentar, disfrutar o sufrir las vivencias, que les formarían no solo como adultos, sino como seres humanos, armónicos y equilibrados en lo físico, mental, social y espiritual.

Algunos individuos,  en su etapa adulta, con canas –no genéticas-, sino bien merecidas, concluyen que sus proyectos de vida los hicieron transitar por caminos equivocados. Parte del problema radicó en haber comprado proyectos de vida vendidos por la sociedad u otras personas.

Un adulto sano se forma por etapas, infante, niño, adolescente y joven adulto, cada una de las cuales tiene una razón de ser. Deben vivirse experiencias reales no artificiales, en cada etapa,  de las cuales quedarán reflexiones y aprendizajes, errores y aciertos, requeridos para que ese individuo se convierta en persona y ser humano.

Parte importante de este reto, para construir personas y seres humanos, está en las manos de todos quienes hemos asumido la responsabilidad de traer hijos al mundo. Sin embargo, es importante entender que en vez de considerar la crianza de nuestros hijos como un proyecto, éste deben ser parte de nuestra misión de vida y nuestro legado a las nuevas generaciones.

Referencia Bibliográfica:
1.      Honoré, Carl (2010).  Hijos bajo presión. Editorial Nuevo Extremo. Buenos Aires.  

Twitter: @MiguelATeranO 
Nota: Foto ilustrativa extraída de la Web.


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